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27 LA MANO DE LA NOVIA EN LA BARANCABERMEJA DONDE VIVÍ

Actualizado: ago 24

Como todas las tardes, Edwin parqueaba el taxi Dodge Dart modelo 73 de color negro y techo amarillo en el kiosco de Trillos; una vieja caseta construida de madera ladrillo y techo de zinc ubicada en medio de la avenida del ferrocarril, ancha avenida de tierra y brea que cruzaba la ciudad de oriente a occidente, vía que todo viajero recorría cuando llegando por tren de otras ciudades distantes como Bogotá, Medellín, Santa Marta o Bucaramanga, recorría en búsqueda de continuar su viaje por las aguas del río Magdalena antes de perderse en una vorágine de selva, serpientes y agua.

 

Como de costumbre, Edwin esperaba a esa hora de la tarde a su amigo Hipólito para comentar lo sucedido en el turno de la noche anterior; además de amigos, eran compañeros de trabajo, pues juntos eran conductores de taxis pertenecientes al señor Gamboa, respetado empresario de taxis de la Barrancabermeja donde viví casi igual (guardando las proporciones entre las ciudades), a lo que era Uldarico Peña en Bogotá... sí, hasta alcalde nombraba.

 

El kiosco de Trillos era el “oasis” de los taxistas, conductores de carros último modelo pero sin aire acondicionados, todos llegaban hasta allí para leer de manera gratuita periódicos como: Vanguardia Liberal, El Tiempo, El Sideral, El Espectador y el Espacio, a cambio de comprar empanadas, buñuelos, chorizo y arepa y papas rellenas, así como hidratarse con jugo de tamarindo, de guanábana y el legendario Milo con la acostumbraba “ñapa” de lo que quedaba en la licuadora a Alonso, que casi siempre era otro vaso de esos jarros de vidrio con barco pirata en relieve, o solo para tomar un tinto o café con leche.

 

-Hola Edwin, a Hipólito lo agarró anoche la novia, escucho decir a un grupo de taxistas recién llegados al sitio, conocedores de la gran amistad que los dos se tenían.

 

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No habían acabado de contarle, cuando, Edwin salto de la banca donde estaba esperando a su amigo, dispuesto a llegar más pronto a donde la señora Paulina en barrio Torcoroma, una viejita chiquita y encovada con casi cien años, apunta de rezos casi imperceptible a nuestros oídos, una cajita de mentol y señales de la cruz tenía el poder de sanar el dolor y aliviar picada de raya, esguinces, la culebrilla, la brujería o mal de espanto como era este caso.

 

Cuando llegó hasta donde su amigo, se encontró con muchos de sus familiares mientras esperaban impacientes que a Hipólito se le pudiera salvar el brazo; fue el padre de su amigo el encargado de contarle lo sucedido de manera específica, pues la historia de la novia todos los taxistas ya la conocían.

 

- Mijo lo trajimos temblando de fiebre y con el hombro derecho morado. -Pero don Chepe, ¿qué pasó?, si Hipólito sabe que no se le debe parar a la novia, ni mirarle los pies?, le interrumpió Edwin.

 

- Esta vez fue diferente, según le contó mi hijo a mi nuera: Anoche no salió muchas carreras y él venía por la avenida del SENA cuando se percató que ya no tenía mucha gasolina, a pesar de que lo pensó dos veces cuando vio en su reloj señalar la media noche, decidió irse para su casa por el paso del diablo y doblar en el Diego Hernández para llegar rápido a la carrera treinta y seis por la Porra, así se ahorraría tener que devolverse y dar la vuelta por la avenida del ferrocarril…y después de algunos metros de haber ya tomado el paso, en medio de la oscuridad solo iluminada por la luna llena y el farol que alumbra la entrada del colegio, vio a la novia salir; y fue en ese momento que al momento de acelerar el taxi se le apagó. – Una y otra vez trató infructuosamente de prender el carro, mientras veía de reojo como la novia se acercaba más y más, detallando con horror que no caminaba pues no tenían pies; su terror llegó al máximo cuando vio que llegó hasta el taxi y fue en ese precisamente con el corazón a punto de colapsar que el vehículo arrancó, acelerando con el miedo de no tener gasolina suficiente para llegar hasta la Porra y contar con alumbrado de la trenta y seis. - Una vez llegó allí, agradeció a Dios y trató de tranquilizarse, pensando que todo había sido producto de la imaginación y los nervios, y continuó rumbo a su hogar eso sí, sin atreverse a mirar por el espejo retrovisor.

 

-Ya más calmado pues al frente por fin veía su casa en el barrio Belén, fue cuando sintió que una mano tocaba su hombro; como pudo bajó del taxi y corrió a su casa mientras sentía que su hombro le ardía más y más.

 

- Mi nuera me contó del susto que pasó, cuando abrió la puerta de la casa al sentir los golpes de su esposo, y encontrarlo tendido en el piso, al tiempo que se percataba que el taxi estaba con la puerta del conductor abierta a pocos metros de su casa, pensó que lo habían matado.

 

Un gran alboroto interrumpió el relato de don Chepe, mientras la esposa de Hipólito daba la buena noticia se le salvaría el brazo, pero había que hacerle más rezos por otros ochos días continuos.

 

Hipólito no fue el primer taxista ni sería el último en ver a media noche de noches de luna llena a una novia vestida de blanco saliendo del viejo portón del Diego, con un ramo de flores en sus manos levitando, tratando de subir a sus vehículos; en el gremio de taxistas se aseguraba que se trataba de un ánima en pena de una ex estudiante muy humilde del colegio, la cual fue plantada en el altar de la iglesia por algún trabajador petrolero como era usual en esa época, un alma en pena que por quitarse la vida con su vestido de novia, todavía salía a buscar taxi para llegar a la iglesia.

 

 

Por Daniel E. Cañas G,