Sin memoria no somos lo que ya somos.


El pensamiento viaja al pasado de forma diferente cada vez, como si los recuerdos pudieran cocinarse de varios modos, a capricho, según a veces pueblan el presente la tristeza, la nostalgia, la alegría o el humor.


No hay una versión única de la memoria… ni las memorias son para todos igual, aunque los hechos sean los mismos: ahí reside lo mejor y lo peor de eso que llamamos nuestra identidad, que se sustenta en recuerdos pero se alimenta de posibilidades, de futuro. Por eso, cuando una brecha fragmenta nuestro yo, nos acecha la necesidad de volver a todo eso que hemos vivido para reinventar lo que seremos y entender lo que somos.


Todos necesitamos memoria, memorias, historia e historias. Conocer a nuestros antepasados: para quererlos, denostarlos o comprender, sin más. Para seguir su ejemplo o, por el contrario, evitar errores, si no queremos vestirnos con los mismos defectos.


Llegará un día en que seremos lo que ya hemos sido, y entonces la memoria será el barco con el que naveguemos los rincones de un viaje que cada cual cuenta a su manera, montado en la imaginación.


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(Intro a la entrevista de la escritora Ana Alcolea, a raíz de la lectura de su novela Postales Coloreadas. Imagen de Pixabay)


Según la RAE, el humor es esa disposición en que alguien se halla para hacer algo; disposición que, en sí misma, no es ni buena ni mala. El buen humor parece esa especia con la que cocinamos lo que acontece, con la que alegramos nuestras experiencias, a veces amargas.


Uno ríe con la boca, ríe con el cuerpo, ríe para dentro, ríe en silencio, ríe contando, ríe dibujando, ríe pretendiendo que no ríe o que no entiende todas esas cosas que quieren que creamos que no son un chiste. Uno ríe cuando ya ha visto muchas cosas que hacen llorar, cuando por no matar a alguien se prefiere bailar sobre todos lo que mejor vivieran en otra parte. Uno se ríe del pasado amargo, del futuro incierto, del presente difícil, de la estupidez humana, de los fallos propios, de las vanidades ajenas: de la vida y de la muerte si pensamos, como Charles Chaplin, que "todo es un chiste".


José Luis Cano, humorista gráfico y pintor, me dijo que el humor es el séptimo sentido, el "sentido del humor": percibir los días a través de él hace de este mundo un lugar más habitable, y rodearse de personas que lo tienen es un seguro de felicidad.


Oscar Wilde afirmó que "amarse a uno mismo es el principio de un idilio que durará toda la vida"; tal vez lo más inteligente en este romance inevitable sea reírnos de nosotros mismos a más no poder.


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(Ilustración de José Luis Cano)





Lo mejor del #CaminoDeSantiago son las motivaciones de los peregrinos: qué razones pueden llevar a alguien a caminar durante mes y medio, en muchos casos a solas, veinte kilómetros diarios, dormir en salas comunitarias en albergues con ampollas y cansancios. Voy contando en ésta y anteriores entradas algunos porqués.


Una mujer andaluza llevaba en su mochila las cenizas de su hijo, que falleció de cáncer. No era una mujer joven, su hijo sí lo era cuando murió. El hijo siempre quiso haber hecho el #CaminoDeSantiago y la madre, tiempo después de todo el desastre, sintió que la mejor manera de despedirlo era llevarlo con ella hasta Finisterre y dejarlas ahí, las cenizas, donde en la Edad Media pensaban que era el fin del mundo conocido. Desconozco si cumplió su propósito, espero que sí, y deseo que no se sintiera sola en él. He conocido a muchos peregrinos cuya motivación era la misma: una pérdida, una gran pérdida, que hace que sientan la necesidad de ir al Camino... tal vez a estar con el ser querido, tal vez como respuesta a una intuición, tal vez por una promesa, tal vez por desesperación, tal vez por buscarle un sentido a todas esas cosas que no lo tienen.


James, australiano de veinticuatro años hijo de madre soltera, llevaba en el cuello la cadena de su abuela, quien le crió. La señora, católica, le hablaba de un camino muy especial que llevaba su nombre, James (en inglés, el nombre del Camino de Santiago es St. James Way). Decía que la echaba de menos, que para él era una forma de estar con ella, que cuanto más lejos de su tierra más cercano se hallaba de ese territorio mítico que sus abuelos construyeron para él, lleno de símbolos cristianos y búsquedas espirituales: había decidido que esta peregrinación iba a ser solo el primero de otros viajes que le acercaran a sus ancestros, llegados de diferentes lugares de Europa. Que la experiencia le estaba abriendo el corazón, y que en algún momento de su vida tendría que devolver todo el amor recibido y plantarlo en otros con mucha menos fortuna.


La pérdida de un ser querido no es agradable ni evitable, pero tiene su poética, la de quienes hacen lo posible por construirle un sentido al dolor desnudo de toda lógica.


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(Fotografía tomada en la Sierra del Perdón)