Consecuencias prácticas de legalizar la prostitución. Ya es primavera en el club de carretera

Actualizado: mar 6

Periódicamente rebrota con ímpetu el debate acerca de la legalización de la prostitución. Los beneficios son conocidos: las trabajadoras sexuales obtendrían los derechos del resto de trabajadores, esto es: pensiones de jubilación, bajas por enfermedad o subsidio de desempleo. Además de una mejora de las condiciones laborales y sanitarias y una progresiva desaparición del estigma asociado a su profesión que, al equipararse legalmente a cualquier otra, aumentaría en reconocimiento social.

Mas en cada ocasión que regresa el debate en estos términos se soslayan muchas otras cuestiones. Sin ser un experto trataré de exponer algunas de ellas con el único ánimo, premeditadamente provocador, de abrir un debate. Quizá puedan parecer profecías para un oscuro futuro distópico y no todas tendrían por qué acontecer mañana mismo. Pero la cuestión no es si todo llegaría a ocurrir en algún momento sino cómo detener la crecida una vez derribada la exclusa de la mercantilización capitalista. Mercantilización que, es necesario recordarlo, no se refiere solo a los cuerpos sino también a un ejercicio de poder o, en palabras de Beatriz Gimeno: “El cliente no compra sexo, que podría obtener gratis […] compra cierta relación con una mujer dentro del orden de género”.

Nunca me queda claro qué forma adoptaría esa regularización. Hoy las prostitutas ya pueden estar dadas de alta como autónomas en la Seguridad Social con diversos epígrafes y disfrutar de las mismas “ventajas” que el resto de trabajadores autónomos, entre otras, las pensiones miserables, la penalización de las bajas por enfermedad y la imposibilidad práctica de acceder a subsidios por desempleo.

Entiendo, entonces, que se refieren a poder convertir el sexual en un trabajo asalariado “como otro cualquiera”, expresión que repiten una y otra vez las personas que defienden esta opción y que sirve de premisa para este artículo.

El art 42,1 de la Ley General de derechos de las personas con discapacidad dice textualmente que: “las empresas públicas y privadas que empleen a un número de 50 o más trabajadores vendrán obligadas a que de entre ellos, al menos, el 2 por 100 sean trabajadores con discapacidad”. Una regularización de la prostitución llevaría a que los dueños de los cada vez más numerosos macroburdeles que ocupan a cientos de prostitutas tuviesen que incluir entre ellas a cierto número de personas de ese colectivo. Pero quizá no les pareciera tan mal negocio. Un proxeneta podría recibir hasta 5950 € al año en bonificaciones a la Seguridad Social por contratar prostitutas con discapacidad cerebral superior al 33%. Igualmente una deducción de 6000 € en la rebaja del Impuesto de Sociedades por cada discapacitada que aumentase su plantilla de prostitutas o, entre otras ayudas similares, 4.100 euros/año para personas con parálisis cerebral o enfermedad mental.

Si el trabajo sexual es un oficio regulado como cualquier otro, esto, desde luego permitiría que las personas, por ejemplo, con parálisis cerebral, pudiesen legítimamente trabajar en él salvo sentencia incapacitante en firme. Negarles ese derecho sería una flagrante discriminación laboral. En un país como España que somete a este colectivo al más obsceno abandono, ¿sería de extrañar que la prostitución fuese una posible vía de salida para familias desesperadas? Conociendo la idiosincrasia de los puteros, ¿no podríamos pronosticar una fuerte demanda de esta novedad?

Por supuesto, los burdeles tendrían derecho al resto de ayudas que se ofrecen a las PYMES. En lo que no deja de ser una siniestra ironía, los proxenetas podrían obtener jugosas subvenciones por contratar como prostitutas a víctimas de exclusión social o violencia machista.

Una vez establecido que la prostitución es un “trabajo”, ¿podría considerarse el acoso sexual en el trabajo un ofrecimiento de horas extraordinarias?

Los artículos 188 y 189 del Código Penal, que castigan la inducción a la prostitución o la pornografía de las personas menores de edad o con discapacidad de especial protección deberían ser lógicamente derogados. La regulación laboral española autoriza a trabajar a mayores de 16 años emancipados o no emancipados si existe permiso paterno. En caso de ser considerado un oficio, ¿podemos imaginarnos a progenitores firmando la autorización para sus hijas de dieciséis años? ¿O incluso empleándolas como prostitutas ellos mismos? ¿Podrían lucrarse con su exhibición pornográfica? Todo ello sería perfectamente legal.

Cabría pensar también en derogar la regulación del art. 186 contra el acoso sexual. Una vez establecido que la prostitución es un “trabajo”, ¿podría considerarse el acoso sexual en el trabajo un ofrecimiento de horas extraordinarias? ¿No sería legítimo que los empleadores pudiesen proponer a cualquier empleada una extensión de las funciones de su puesto de trabajo? No veo por qué no. El acoso sexual podría adoptar la forma de una ampliación del contrato laboral. Y ¿qué problema habría en ofrecer ese “trabajo como otro cualquiera” a cualquier mujer en cualquier lugar y en cualquier momento? ¿Por qué tendría que molestarse? En buena lógica las mujeres simplemente deberían contestar aceptando o declinando la oferta de empleo con amabilidad y agradecimiento.

Quienes defienden la legalización auguran un empoderamiento de las prostitutas y la desaparición del “estigma”. No veo cómo podría producirse tal prodigio. Más bien podría pronosticarse un desempoderamiento colectivo al convertirse a toda mujer en posible prostituta y, de paso, producirse una putificación del trabajo femenino.

No hace mucho nos escandalizábamos por un anuncio de un bar de Ordes (A Coruña) en el que se pedía como requisitos para un puesto de camarera ser “guapa y un poco puta”. En una legislación que considere el trabajo sexual un oficio no cabría reproche alguno. ¿No podrían demandar los empleadores curriculums con las destrezas de “un poco putas” o incluso “putas completas” para otras profesiones hoy mayoritariamente copadas por mujeres? Las mujeres ocupan la mayoría del trabajo precario y en el que se exige menor capacitación. ¿En qué iba a mejorar su condición si “ser puta” pudiese ser un valor curricular igual que saber de Excel o conocer idiomas? No hace falta tener mucha fantasía para imaginar las ofertas de empleo que podrían florecer: el sueño masculino de las pornochachas cumplido. Tampoco hace falta ser economista para darse cuenta de que una vez que se pudiese pedir “ser puta” para ejercer, por ejemplo, de limpiadora o cuidadora de ancianos, las retribuciones salariales de las trabajadoras “no putas” disminuirían en buena lógica. En ese mundo posible es verdad que desaparecería el estigma. Pero solo porque su extensión a la totalidad haría que ya no hubiese mujeres desestigmatizadas.

Siguiendo con esto, habría que derogar también toda regulación contra publicidad sexista. Sería completamente ridículo denunciar anuncios de limpiamuebles por reproducir estereotipos de género y al mismo tiempo permitir la publicidad de la prostitución legalizada. Y cuesta trabajo imaginar cómo podrían hacer los proxenetas publicidad “no sexista” de algo que es simple y llanamente alquilar un cuerpo femenino (solo el 5% de la prostitución la ejercen hombres) para uso sexual. Con la salvedad, además, de que en este caso podrían argüir que el aspecto físico sí es esencial para el puesto de trabajo. Las distintas categorías de trabajo en la prostitución no tienen que ver con titulaciones académicas sino que son del tipo: “gordas con super tetas”, “culonas” o “colegialas” por lo que es más que razonable que un burdel quisiese cubrir todo el espectro en sus ofertas de empleo. Y si se autorizase la publicidad “sexista” de prostíbulos, ¿a qué escandalizarse por los anuncios de colonia? La polémica sobre las azafatas de la Fórmula 1 quedaría resuelta: ¿o sea que una mujer puede emplearse como prostituta legalmente pero no posar sosteniendo un paraguas o dar besos en un pódium?

En algunas ciudades, asociaciones de padres se quejan de que los alrededores de los centros educativos de sus hijos están infestados de folletos de publicidad sexual. Un ladrillo más en la hipersexualización de la infancia y el acceso temprano al porno. No hace mucho, un grupo de adolescentes contaba sus experiencias con el sexo en un programa de televisión. Las chicas denunciaban que los chicos se comportaban con ellas de un modo muy agresivo que bordeaba casi la violación y encontraban la causa en el aprendizaje sexual a partir del porno. Imaginemos ahora lo que produciría un mercado capitalista abierto para el uso y consumo del cuerpo de las mujeres.

¿Cuánto tardaríamos en tener aplicaciones para putas a domicilio (“Just fuck it”) siguiendo la imparable uberización del trabajo?

Un mercado abierto y, por supuesto, en mayor expansión. Hoy, la alegalidad y la vinculación del negocio de la prostitución a actividades delictivas supone lo que los economistas llaman una barrera de entrada. No cualquier persona tiene el cuajo suficiente para entrar en ese mundo. Pero ¿qué ocurriría si se convirtiese en un negocio cualquiera? Los partidarios de la legalización imaginan pulcros espacios regulados con condiciones sanitarias óptimas y buenos salarios. Más bien cabe sospechar que hasta la tabernucha más remota y miserable podría, adquiriendo la oportuna licencia, abrir una nueva vía de ingresos prostituyendo a su empleada. Que surgirían formas de negocio que hoy no podemos ni imaginar. ¿Cuánto tardaríamos en tener aplicaciones para putas a domicilio (“Just fuck it”) siguiendo la imparable uberización del trabajo?

Volviendo al Código Penal, el art. 177 bis pena la trata de seres humanos cuando la finalidad es la explotación sexual o la pornografía. ¿Pero se puede hablar de explotación sexual cuando se trata de realizar un trabajo legal “como otro cualquiera”? Las redes de trata deberían, en buena lógica, dejar de perseguirse. Di tú que no parece que se persigan mucho: sobre un total de decenas de miles de mujeres esclavizadas en lugares -no lo olvidemos- a la vista de todo el mundo y abiertos al público, la policía española ofrece unos misérrimos resultados de apenas unos cientos de mujeres liberadas, lo que deja bien a las claras el interés que ponen en este drama las fuerzas y cuerpos de seguridad. Y si estos son los resultados cuando es ilegal, no parece que la legalización de la prostitución fuese a incentivar el interés sobre el control del tráfico de mujeres. Tráfico, por otra parte, que es inevitable en la lógica del negocio toda vez que los puteros demandan: “negras”, “orientales”, “latinas” y otras categorías de empleo que no surte el espacio de la UE.

De quizá se podría reducir la trata, ¿para qué hacerlo ilegalmente si cabría la importación legal de mujeres? La asociación de burdeles podría solicitar que se incluyesen las “negras”, “venezolanas” o “asiáticas” en el Catálogo de Empleos de Difícil Cobertura que publica el Servicio Público de Empleo cada año. También podrían acogerse con gran facilidad a los visados que se dan para los trabajos de temporada, en el equivalente putero de la vendimia. Como la ley permite que la “temporada” se alargue hasta nueve meses, es un modo sencillo de adaptar la oferta a las variaciones estacionales o a los grandes eventos.

Podemos imaginarnos cargueros, aviones en tráfico incesante, descargando nigerianas, sudanesas, sirias huyendo de la guerra, o víctimas de la violencia y la desolación de todo el planeta, cada una con su contrato mínimo de media jornada, con sus autorizaciones para trabajar con dieciséis años y cargando igualmente con una deuda impagable por el “traslado” y la “comisión a la ETT” para a satisfacer la demanda de los europeos. Qué hermosa estampa. Y los proxenetas, en realidad, estarían haciendo la misma labor que los negreros del S.XVII, solo que ayudados por la infinita variedad de cláusulas abusivas que ofrecen los contratos laborales, escritos además en otro idioma y dirigidos a personas sin formación jurídica. Y, como los negreros, no estarían cometiendo ninguna ilegalidad.

El artículo 187 del Código Penal considera que existe explotación sexual cuando se exigen condiciones para su ejercicio “gravosas, desproporcionadas o abusivas”. ¿Cuánto de abusivas o gravosas? ¿Valen las que ampara la legislación laboral española para cualquier otro trabajo sin cualificación? ¿El salario mínimo de 23 euros al día por 48 horas semanales de jornada laboral es “abusivo”? ¿Los contratos de prácticas sin sueldo son “gravosos”? ¿Y quién iba a vigilar que no se firmasen contratos a media jornada y se trabajasen jornadas completas o que se indemnizasen las horas extras? ¿La misma inspección de trabajo que permitió el año pasado que casi 3 millones de horas no se pagasen en nuestro país? ¿La misma que convierte en una selva de explotación el trabajo precario en las pequeñas empresas? Digámoslo sin tapujos: es ingenuo pensar que el capitalismo iba a ofrecer condiciones laborales más decentes que el lumpen. El filósofo Peter Singer lo reconocía así en un demencial artículo sobre este tema en el que afirmaba que las prostitutas, “enfrentadas a la perspectiva de un trabajo monótono y repetitivo de ocho horas diarias en una línea de montaje o dando vuelta hamburguesas, prefieren la industria del sexo, con mejor remuneración y una jornada más corta”.

Como ocurre ya en lugares donde la prostitución está legalizada, cabría esperar ofertas de saldo del tipo “una puta por cada consumición” o “tarifa plana de putas”

Más bien, podemos suponer lo contrario: que nuevas formas salvajes de explotación legal se abrirían. Un proxeneta que tuviese en nómina a sus putas, ¿no tendría el mayor interés en que trabajasen a destajo transformando la cultura de los burdeles para su aprovechamiento como factoría fordista? Como ocurre ya en lugares donde la prostitución está legalizada, cabría esperar ofertas de saldo del tipo “una puta por cada consumición” o “tarifa plana de putas” que les procurasen una sobreocupación completa del local con colas kilométricas y mujeres trabajando hasta la extenuación por su nómina.

No hace muchos años funcionaba con notable éxito un foro de puteros en el que tuve ocasión de indagar. Allí se compartían consejos para ocultar esta afición a sus poco comprensivas esposas (abastecerse de combustible después de follar y mancharse las manos a propósito con gasolina para disimular el “olor a jodienda”), o se daban sugerencias de cómo sisar dinero de la economía familiar (decir en casa que todos los días se compraba el Marca y leerlo en la cafetería del curro). Pero lo más importante era la ordenación de burdeles y prostitutas por provincias. Las mujeres estaban evaluadas con un completo listado de hasta una docena de ítems en los que, además de los consabidos “tetas”, “culo”, “mamadas”, “raza”, llamaba la atención lo que ellos valoraban bajo el epígrafe de “implicación”.

La “implicación” de las prostitutas era uno de los temas de debate estrella y provocaba airadas protestas. Los puteros se quejaban de que en muchas ocasiones las prostitutas se mostraban pasivas y aquello era “como follarse a una muerta”. Como honrados consumidores lo consideraban una estafa. Por fortuna, pese a esa total falta de profesionalidad, ellos se vanagloriaban de conseguir “descargar” igualmente. Lo decían con un deje de orgullo y venganza, como si se hubiesen sobrepuesto heroicamente a un sabotaje. Sin embargo, en ocasiones les quedaba tan mal sabor de boca por follarse a mujeres que parecían venir de un funeral, que no les quedaba más remedio que ir a follarse a otra para no tener la sensación de haber tirado el dinero. Alguno demostraba tener algo de sensibilidad pero eso no le volvía más transigente. “Comprendo que no tengan la vida más alegre del mundo pero bien podían esforzarse un poco”. Recordaban a cuando compramos un centollo y, al ponerlo al fuego y mientras se abrasa, decimos: “ay, qué pena da”, para luego sorber ruidosamente hasta la última gota de jugo de sus patas. Con la salvedad de que el kilo de centollo vale unas 40 veces más que el kilo de prostituta.

A fin de cuentas, ¿qué culpa tenían ellos? Todos tenemos nuestros problemas –decían- pero yo no lo pago con los clientes. Hay que ser profesional. ¡Ah! ¡Estas putas! ¡Qué desconsideradas! Alguien que tiene que andar sisando cada día de su vida el euro del Marca para que luego estas desagradecidas no se impliquen. Pensaban incluso que hacían una labor social. ¿De qué iban a comer si no fuera por ellos? Bien merecían un poco más de “implicación”. De todos modos, aunque las indignadas quejas eran muy persistentes, todos sabían que, al cabo, era algo contra lo que no había nada que hacer. Que si te tocaba una de esas, pues mala suerte. El mundo tiene estas injusticias. Pero, ¿qué ocurriría si se considerase la prostitución un trabajo regulado? ¿En qué afecta eso a los derechos de los consumidores a la hora de exigir “implicación? ¿No cabe la posibilidad de que en lugar de empoderar a las prostitutas, lo que se produzca es un empoderamiento del antes putero, ahora cliente, y que pueda exigir con mayor justicia sus legítimos derechos?

Por cierto, aquel foro cerró. No por falta de éxito sino porque la movilidad forzosa a la que se ven sometidas las mujeres, porteadas frecuentemente de club en club y de piso en piso por toda la península, hacía inútil cualquier tipo de evaluación personal. Incluso para juzgarlas como objetos se necesitaba que fuesen perfiles reconocibles, estables. Pero ya no era así. Eran doblemente cosas. O, si se quiere, una especie de semovientes. Y la relación se parecía más a la que puede tener un ganadero con sus becerros: unos van y otros vienen.

No hace mucho, en los prolegómenos de un partido de fútbol, unos hinchas rusos, con gran jolgorio y mofa, arrojaron monedas a un grupo de mujeres mendigas de etnia gitana para que estas “bailasen”. Entonces consideramos este episodio como una repugnante exhibición de aporofobia y racismo. Es lástima que no les hubiesen pedido también una felación porque entonces quizá el mismo acto se habría elevado y dignificado al rango de oficio “como otro cualquiera”. O lo que es lo mismo: hay personas dispuestas a pensar que es degradante y humillante arrojar dinero a seres humanos víctimas de la necesidad a cambio de bailes, pero no encuentran degradación alguna, si se les penetra en las mismas condiciones. ¿Cómo explicamos esto?

Abundando en la misma idea, en el transcurso de una despedida de soltero unos borrachos británicos tatuaron el nombre del homenajeado en el rostro de un sin techo a cambio de 200 euros. ¿Qué tiene de ilegítima esta transacción? ¿Acaso el sin techo no lo hizo “voluntariamente”? ¿Acaso no puede hacer uso de su cuerpo como mejor le plazca? ¿Difiere esto mucho de la prostitución? ¿Y de la gestación subrogada? El caso del tatuaje causó una gran indignación. Realmente, no sé a qué tanto escándalo: todos los días miles de mujeres son utilizadas de maneras bochornosas en despedidas de soltero para diversión y recochineo de una jauría de beodos. Y he aquí que quizá se abra una vía para luchar contra la pobreza: convertir a los indigentes en objeto de escarnio y burla para celebraciones. De hecho, ¿por qué ceñirse únicamente a una clientela de ingleses alcohólicos? En la misma lógica de aprovechamiento capitalista del cuerpo, ¿no podríamos utilizarlo para publicidad de marcas comerciales? ¿Por qué no? ¿Repugna esto a alguien? Entonces, ¿por qué a los pobres no y a las mujeres sí?

En 1932 se rodó “Freaks: la parada de los monstruos”. Se trata de una película que recoge el drama de los fenómenos de feria que antaño recorrían los circos, o lo que es lo mismo, el aprovechamiento comercial de personas víctimas de malformaciones, amputaciones y discapacidades para su exhibición pública. El sentido común de hoy no tolera ya estos espectáculos y la sociedad comprende que tiene que haber otras maneras más respetuosas de inclusión social. ¿Pero no trabajaban en ello “voluntariamente”? ¿Y de qué otra cosa podría trabajar “El fascinante Príncipe Radian: El torso viviente”? ¿Acaso no puede hacer uso de su cuerpo como mejor le plazca?

En realidad, la pregunta correcta es: ¿por qué es aceptable que las mujeres puedan tener un uso recreativo y otros colectivos no?

En fin, las situaciones a considerar son inacabables y requerirían de un espacio y de un estudio mucho más amplio. Mi modesta contribución solo trata de llamar la atención sobre algunas de las consecuencias posibles y difícilmente calculables de abrir la puerta a la lógica del mercado capitalista en el cuerpo femenino. Este podría amplificar, extender y normalizar cosas que hoy juzgaríamos como intolerables. Las personas que defienden la regularización aducen que nadie querría llegar a tales límites. Mas la cuestión no es si nos gustan más o menos esos límites sino cómo frenar al capitalismo una vez lanzado al galope para colonizar un nuevo y goloso espacio de negocio. La cuestión es por qué la prostitución iba a estar a salvo del destino de salvaje precariedad que amenaza a todo el trabajo asalariado. O lo que es lo mismo, si franquear las puertas al capital para mejorar la situación de las prostitutas no sería, quizá, como dejar entrar voluntariamente al vampiro.

En mi opinión el debate sobre la legalización de la prostitución pasa muy por encima de los aspectos legales y prácticos que esta traería consigo. Se aducen mejoras en las condiciones sanitarias y laborales y la desaparición del estigma, pero jamás se explica cómo se llegaría a esa fantasía. Ni se contestan algunas cuestiones que sin duda se plantearían. Como por ejemplo: ¿Quién negociaría un convenio colectivo? ¿Incluiría este toda la casuística de prácticas sexuales? ¿Podría la prostitución asociarse a otras formas de ocio? ¿Monterías de putas? ¿Encierros en las fiestas patronales? ¿Cómo podría la ley impedir los concursos sexistas de las discotecas si en el local de al lado se alquilan mujeres? ¿Las empresas podrían pagar parte del sueldo de sus trabajadores en tickets de putas como hoy en tickets restaurante? ¿Gratificaciones sexuales navideñas? ¿Las prostitutas estarían obligadas a emitir factura? ¿Qué tendría de deshonesto el escándalo de los trabajadores de las ONG en Haití que pagaban con comida servicios sexuales? ¿No es acaso una transacción legítima? En caso de contagio de venéreas, ¿podrían los mismos clientes que se niegan a ponerse el preservativo presentar demandas judiciales? En la misma lógica de la prostitución, ¿podrían surgir nuevos oficios para el uso de los cuerpos? ¿Sacos de boxeo vivientes para relax de ejecutivos? ¿Lanzamiento de enanos? ¿Granjas de parturientas? ¿Se puede vender el pelo humano? ¿Y los órganos? ¿Qué tendría de diferente? ¿Habría rebajas de enero? ¿Descuentos en africanas en el Black Friday? ¿Academias de prostitución? ¿Cursos en el Servicio Público de Empleo? ¿Y burdeles de tarde para adolescentes, al estilo de las “discotecas light” con prostitutas de 16 años? ¿La semana fantástica de las rumanas? ¿Por qué no? Ya es primavera en el club de carretera.