Hacia una ética cuqui

Eudald Espluga


Una de las críticas más recurrentes al capitalismo tardío consiste en señalar “la incontenible infantilización de Occidente”, según la cual la adolescencia se alargaría hasta edades muy avanzadas y las personas, ya supuestamente adultas, se comportarían de forma inmadura, negándose a cumplir con sus deberes pero llorando amargamente por la pérdida de sus privilegios, atrapados en un ridículo apego a la juventud.

Se trata de un argumento visiblemente rudimentario -cuando no directamente reaccionario- que mezcla sin sutilezas la llegada de internet, el reconocimiento estético de la cultura popular, la creciente mercantilización de nuestra existencia, los prejuicios generacionales contra millennials y la aseveración intemporal de una crisis de valores.

Tomemos como ejemplo un artículo del escritor Manuel Rodríguez Rivero, donde recurre a casi todos estos argumentos para acabar constatando que este culto a la juventud “explica el éxito que entre hombres y mujeres adultos tienen películas de dibujos como Shrek o Toy Story. O libros como las distintas aventuras de Harry Potter”. Pero si dejamos a un lado que ni Shrek ni Toy Story son exactamente “películas de dibujos” -y, todavía más importante, que las aventuras de Harry Potter son siempre una y la misma, es decir, la celebración reiterada y entusiasta de las virtudes del joven mago-, resulta sintomático que utilice a estos personajes infantiles como prueba del “autoconsciente cultivo de la inmadurez”.

Sintomático, decíamos, porque es precisamente esta asociación entre la infantilización de la sociedad y el consumo masivo de productos “infantilizados” la que pone en duda Simon May en su libro El poder de lo cuqui (Alpha Decay). Tomando una interpretación amplia del concepto cute, que va más allá de la dulzura, lo entrañable o lo vulnerable, y que conecta con la idea de un extendido culto a la infancia, el filósofo británico explora lo que para él es la característica central de estos productos: la indeterminación.

“Los objetos cuquis” -y podemos pensar en los personajes de Shrek y Toy Story, pero también en Hello Kitty, Pokemon, las esculturas de Jeff Koons o las creaciones de Studio Ghibli- “no constituyen simplemente distracciones infantiles con respecto a las angustias del mundo actual”, sino que “lo cuqui es ante todo una expresión burlona de la opacidad, la incertidumbre, la extrañeza, el fluir constante o ‘devenir’ que nuestra época ha detectado en el mismo corazón de todo lo existente, esté dotado de vida o no”.

Podríamos pensar en Forky, el personaje estrella de Toy Story 4, quien encarna como nadie la ambigüedad constitutiva de la que habla Simon May: visualmente desagradable, este personaje de Pixar está literalmente hecho de basura y su única motivación es volver nuevamente a la basura.

En este sentido, personajes como E.T, Gabumon o los Kodama de La princesa Mononoke resultan tan cautivadores como siniestros. Cautivadores porque es innegable que el cuquismo tiene una relación primordial con lo infantil: decimos que algo es “cuqui” cuando ese algo exagera los rasgos físicos de la infancia. Así, apoyándose en los estudios de Konrad Lorenz sobre nuestra predisposición evolutiva a reaccionar con sentimientos de protección y cuidado frente a ciertas señales, la estética cuqui tiende a relacionarse con personajes que tienen “cabezas sobredimensionadas, frentes prominentes, ojos como platos, mentones huidizos y andares torpes.”


Pero estos mismos personajes son también siniestros en la medida que las características que describe Lorenz fácilmente pueden desembocar en un retrato grotesco, que los acerca a lo monstruoso, a lo híbrido, a lo anfibio. Sin ir más lejos, Hello Kitty no tiene boca, ni voz, ni dedos, solamente “unos exiguos puntitos en los ojos y la nariz”. O podríamos pensar en Forky, el personaje estrella de Toy Story 4, quien encarna como nadie la ambigüedad constitutiva de la que habla Simon May: visualmente desagradable, este personaje de Pixar está literalmente hecho de basura y su única motivación es volver nuevamente a la basura.

Esta indeterminación fundamental de los objetos cuquis -”oscilan de forma inestable entre lo conocido y lo desconocido, lo vulnerable y lo resiliente, lo desvalido y lo poderoso, lo inocente y lo avezado, lo masculino y lo femenino, lo joven y lo viejo”- los vuelve impenetrables, difíciles de interpretar según los códigos culturales de la subjetividad contemporánea: ¿qué podemos esperar de un Magikarp? ¿Qué vida interior tiene Din-Don, el reloj mayordomo de La Bella y la Bestia? ¿Qué desean los Balloon Dogs de Jeff Koons. Por ello, quizá lo más interesante del análisis que Simon May propone en El poder de lo cuqui es que esta confusión esencial resulta incompatible con el culto a la autenticidad que predomina en las sociedades terapéuticas contemporáneas. El régimen de gubernamentalidad neoliberal, que nos invita a ser empresarios de nosotros mismos, autosuficientes, felices y singulares, contrasta inevitablemente con el universo de significaciones ligado a lo cuqui, donde la vulnerabilidad, la opacidad y la indiferencia desactivan el mandato identitario de “ser uno mismo”.

En el reino de lo cute, la identificación del “yo” con el “sí mismo” se vuelve imposible porque no hay transparencia ni franqueza en la expresión, el individuo de lo cuqui no se corresponde con la subjetividad libre y autorresponsable de la ética emprendedora. Charmander, por ejemplo, no vive angustiado porque para él no tiene sentido. Su existencia no es un proyecto abierto, ni tiene miedo a actuar de mala fe, inauténticamente. Lo cuqui se siente cómodo en las estructuras relacionales y no se compromete con la singularidad: si puede llegar a resultar grotesco es precisamente por su naturaleza anfibia, por su capacidad de transformarse y adaptarse a la contingencia que lo acoge.

En palabras de Simon May, “el carácter absurdo de la cuqui, su aparente falta de objetivos claros, su indiferencia frente a la racionalidad de los medios y fines [...], el placer que encuentra en no tener una posición de dominio -en apariencia- e incluso en ser oprimido, su antítesis con respecto al mundo serio del trabajo, la trayectoria profesional y el éxito, [...], y su goce, por el contrario, en una existencia carente de estrategia, irreverente y precaria; todo ello rompe con la ética dominante de nuestro tiempo”.


Por supuesto, esto no significa que el consumo de productos cuquis sea de por sí emancipador, automáticamente revolucionario: las camisetas de Hello Kitty no sustituirán a las de Che Guevara en las protestas altermundistas.

En consecuencia, más que como prueba de la inmadurez y el peterpanismo desenfrenado de las nuevas generaciones, la presencia masiva de esta estética cuqui e infantilizante puede verse como una reacción a los códigos alienantes de un sistema obsesionado con un ideal de ciudadano productivo, auténtico, independiente y seguro de sí mismo.

Por supuesto, esto no significa que el consumo de productos cuquis sea de por sí emancipador, automáticamente revolucionario: las camisetas de Hello Kitty no sustituirán a las de Che Guevara en las protestas altermundistas. Pero la obsesión por estigmatizar este despliegue de significados ligado a la vulnerabilidad, a la incertidumbre y a la ambigüedad dice más de la incapacidad de ciertos discursos críticos para leer ciertas transformaciones que de la articulación real del capitalismo tardío. Además, si lo que se quiere es combatir la racionalidad neoliberal del emprendedor de sí mismo, quizá sea momento de atender a las posibilidades culturales de una estética que rechaza el existencialismo de la voluntad y el culto a la autenticidad para fijarse en el carácter fundamentalmente dependiente de los seres humanos. Más Forky y menos Sartre.