• El árbol de la memoria

#1 Mudarse, comenzar de nuevo y crónica de cómo los sueños de día viernes desaparecen

Actualizado: jul 18

Lo que hace soportable la vida es la idea

de que podemos elegir cuándo escapar.

(Enrique Vila-Matas)

La opción de mudarse siempre es una decisión difícil, y más aún, cuando salimos de la ciudad en la que hemos vivido toda nuestra vida. Para la mayoría, la ciudad natal significa un sitio de comodidad, un lugar de confort. Y cómo no, si crecemos junto a ella, conocemos sus rincones y, después de todos estos años, se ha logrado una sincronía que, difícilmente, se daría en otro lugar del mundo. En definitiva, encajamos perfecto en nuestra ciudad. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando aquello que hemos sentido tan propio, por alguna razón, deja de serlo?.

Mi esposa y yo, nacimos en Santiago de Chile, capital y principal núcleo urbano del país. La ciudad funciona como cualquier metrópolis del mundo: todo sucede demasiado rápido, el transporte público es deficiente, crecimiento desbordado del parque automotriz, contaminación ambiental, etc. No suena bien, ¿verdad? Lo cierto es que no. A pesar de esto, la mayoría de nosotros lucha contra estos problemas a diario, convirtiéndose en una agotadora batalla por encontrar un lugar, adaptarnos y seguir sobreviviendo. La pregunta es ¿Hasta cuándo podremos aguantar? .

La ciudad rara vez funciona como un ente independiente. Todos los días nos relacionamos con ella de diversas formas, y por lo general, su funcionamiento termina arrastrándonos y definiendo un estilo de vida para cada uno de nosotros. Y no me refiero tan sólo a la ciudad, sino que, a cada uno de los lugares que son parte de nuestro desarrollo. Por ejemplo, las oportunidades y condiciones que entrega la vida en el campo o la montaña, no tienen nada que ver, para bien o para mal, con las que ofrece la gran ciudad. El lugar en el que habitas, resulta fundamental en la construcción de quiénes somos, de nuestros hábitos, nuestras rutinas y nuestra forma de pensar. La vida de cada persona puede cambiar completamente debido a estos pequeños detalles.

Fue luego de esta reflexión que, hace un par de años, nos dimos cuenta que todo lo que estábamos haciendo, tanto en nuestra vida personal como laboral, no iba hacia el lugar que queríamos. Sentíamos una incomodidad en el día a día que no estábamos dispuestos a que se siguiese prolongando. La ciudad nos había llevado por un camino que ya no sentíamos propio. Nuestras decisiones venían siendo erradas desde hace mucho tiempo: la elección de un barrio para vivir, dónde trabajar, qué carrera estudiar, entre otras, resultaron opciones que no fueron genuinamente nuestras. Y es que el entorno es siempre una presión. Buscar la aprobación del resto o elegir en base a lo que los demás quieren o piensan, provoca que te abandones a ti mismo al punto de comenzar a vivir en la incomodidad del sinsentido. Ese disgusto y falta de honestidad con nosotros, fue lo que, finalmente, nos llevó a escapar de la ciudad. Dejamos atrás todo lo que habíamos construido. Y lejos de vivir el proceso como una pérdida, el sentimiento de satisfacción fue mayor al ver que cada cosa que abandonábamos parecía pertenecer más al lugar en que quedaba que a nosotros mismos. Mudarse también significa eso: la oportunidad de dejar todo atrás y comenzar de nuevo.

Es común escuchar historias sobre querer salir de la ciudad. Y es que, para los que alguna vez, nos enfrentamos a la vorágine citadina, el concepto de ciudad lo relacionamos muchas veces a vivir en una incansable rutina. Es por eso que, para quiénes conviven con ella, el día viernes resulta liberador. Es el placebo perfecto para esta enfermedad. Es el día en que termina la semana, llega el relajo y, por fin, puedes pensar en ti. El viernes es el mejor momento para escapar de la rutina y empezar a soñar con una vida distinta. Nuestros pensamientos dejan atrás los días de hastío y nos llevan a viajar: recorremos el Sur, cruzamos decenas de ríos para terminar viviendo en alguna cabaña aislada en el mas profundo de los bosques. Pero, cuando todavía ni siquiera hemos despertado de aquel sueño, el día lunes aparece otra vez y, con él, la realidad de un escritorio repleto de documentos pendientes para la semana.

Es cierto que exagero, emigrar de la ciudad no significa -siempre- ir a cubrirse de barro mientras miras las estrellas en el fin del mundo. Lo que quiero transmitir es que, de alguna manera u otra, todos tenemos nuestro propio lunes, en que destinamos nuestros esfuerzos a situaciones o personas completamente ajenas a nuestras motivaciones y que, en muchos casos, no lo valen. Estamos constantemente posponiéndonos, convenciéndonos de que (sobre)vivir está bien. Inventamos excusas en nuestra cabeza para obligarnos a no hacer lo que queremos, nos olvidamos.

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