V de Vendetta (o la destrucción del imaginario democrático)



La película V de Vendetta, adaptación de una novela gráfica de Alan Moore, es uno de aquellos instrumentos ricos en contenido, que vale la pena explotar. Verla, produce la sensación de encontrarse al frente de un sinnúmero de conceptos antropológicos, sociológicos, filosóficos, políticos, e incluso epistemológicos que van apareciendo a lo largo de la misma y que a un observador curioso no le pasarán por alto.

Esta joya visual puede tener muchísimas lecturas, sin embargo quisiera centrar mi atención ahora, únicamente en lo que he denominado aquí “imaginario democrático”. Me parece interesante en el contexto en el que la escribo en el que se debate sobre elecciones y candidatos, sobre todo a la Asamblea Nacional1.

Pues bien, V de Vendetta nos presenta una sociedad alienada (de alien), es decir una sociedad cuyos pies no están en la realidad pues han sido colocados por fuera de ella gracias a varios medios que lo permiten, como por ejemplo la televisión. Las personas confían en lo que la televisión les dice y a menudo ella se encarga de organizar y transmitir las ideas que se quieren posicionar de modo que las masas puedan estar tranquilas, adormecidas, aletargadas, y acríticas.

En este contexto aparece un sujeto, digamos anarquista, que quiere liberar a la sociedad de esta situación y para ello destruye uno de los edificios símbolos de la ciudad, un monumento a la justicia. El objetivo final: destruir otro edificio, el Parlamento, aquel en el que se sostiene el “poder” para que de esta manera pueda el pueblo sentirse libre, o bien, para que de esta manera el pueblo sea quien sostenga el poder.

Hay un diálogo precioso: Evey, una mujer a la que V inicia, desde el punto de vista antropológico, le pregunta qué sentido tiene su objetivo. V responde: “El edificio es un símbolo. El acto de destruirlo también. El pueblo da poder a los símbolos. Solo, un símbolo no significa nada, pero con bastante gente volar un edificio puede cambiar el mundo”. Ahí está el quid del asunto.

Un símbolo no es un signo. El símbolo ha ido adquiriendo significado gracias a la suma de subjetividades, y poco a poco se va enriqueciendo en el constante proceso histórico. El signo sabemos es unidireccional. Pues bien al igual que en V de Vendetta, hay un aspecto muy importante en el valor simbólico que le hemos otorgado a un edificio, en este caso a la Asamblea. Por ello, y a los ojos de la sociedad de a pie, resulta completamente fuera de lugar que payasos, faranduleros, futbolistas, malas cantantes, bohemios, y otros similares lo ocupen, pese a que inicialmente la Asamblea fue creada para ser un espacio donde exista la representación de todos los grupos de la sociedad.

En este contexto, se podría decir que el sentido originario de la Asamblea ha cambiado: ha dejado de ser el símbolo de la representatividad para convertirse en el símbolo del poder, cuestión que se refuerza además por las funciones que el mismo posee, es decir, construir las leyes que permitan que el país sea más “justo”. Entonces, la destrucción de la Asamblea implica necesariamente la destrucción de aquel imaginario democrático que nos hace pensar que aquella es importante, cuestión que además se fortalece con aspectos como el económico (sueldos), y el judicial (inmunidad parlamentaria, asesorías y otro tipo de beneficios personales).

Pero aquí viene una cuestión muy interesante. En este caso, la destrucción de este imaginario democrático es también un acto simbólico. La presencia de personas consideradas incapaces de legislar, es de hecho una destrucción de la Asamblea, por lo que aquel gran símbolo pierde consistencia y crea, de alguna manera, inestabilidad política, y el imaginario de una especie de suicidio colectivo facilitado por el voto. La Asamblea pierde, “simbólicamente”, su legitimidad.

Esa es la destrucción del edificio. Esa es la destrucción del poder. Digamos que independientemente de quién ocupe los diferentes curules legislativos, la destrucción del mismo significa para la gente que el poder ahora está con ellos. Es lo mismo que pasa en la película. El momento en que se destruye el Parlamento las personas pueden quitarse las máscaras, porque ya no las necesitan. Ya no necesitan esconderse puesto que ahora son libres. Ahí radica también el simbolismo de la construcción y la destrucción.

Creo que más allá del hecho de la reflexión sobre qué personas pueden ocupar el puesto de legisladores de un país, se encuentra el asunto de qué poder simbólico le damos a ese edificio, o bien a ese conjunto de personas en las que simplemente queremos delegar un trabajo que nos parece importante. Mucho que hacer y mucho camino por pensar. Por ahora solo un pequeño esbozo que quisiera nos deje una pregunta ¿Qué hacer? ¿Qué es más importante? ¿Hay que destruir el imaginario democrático (simbólicamente o no, y además sustentado en el voto) o hay que buscar la forma de mantenerlo? Quizá V de Vendetta, pueda aportar alguna respuesta.

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1. Sin afanes pretensiosos, me veo en la obligación de aclarar, en caso de lectores internacionales, que la Asamblea Nacional es el poder legislativo del país del cual escribo, es decir, el Ecuador. La crítica generalizada sobre el tema es la capacidad de los candidatos y sobre todo los estudios que los mismos poseen por considerarse insuficientes para un cargo de esa categoría. Muchas veces, son en general los famosos de tercera los que se candidatizan y por ser más conocidos, ganan.