Venado

Las esquirlas de un recuerdo

de Hasam Díaz

 

Hace poco vi morir un hombre en la carretera. Su cuerpo permaneció inerte una vez que voló por los aires y cayó en el pasto. Sus ojos quedaron cerrados, no tenía sangre en su cuerpo, los tenis permanecieron en sus pies, no salieron volando así como cuentan las leyendas urbanas. El hombre parecía estar dormido; aún después de recibir ayuda de los paramédicos, no reaccionó al llamado de la vida. La primer palabra que se me vino a la cabeza en este instante fue “efímero”, lo efímero que puede ser la vida, inclusive mucho más efímero que el teatro. Bastó volar por los aires para que en menos de un segundo la vida de ese hombre y la de las personas que íbamos en el camión, cambiaran para siempre.

La proporción del tiempo siempre se nos develará en los momentos más inesperados y en el teatro, del alguna manera, tratamos de captar esa esencia en el transcurrir de la escena.

 

Desde finales del año 2017, fui invitado por parte del Teatro Polivalente del Centro de las Artes de San Luis Potosí, a realizar una puesta en escena que festejaría el segundo aniversario de dicho recinto. El llamado respondía a la necesidad de hacer una obra para jóvenes audiencias. Una pieza que comenzaría desde ceros. Un taller-casting que luego decantaría en un proceso de laboratorio, que a su vez, construiría un texto dramático que luego se llevaría a cabo en el Teatro Polivalente. La consigna era clara, un proceso de tres meses intensivos en las instalaciones del Centro de las Artes.

 

Mentiría si dijera que antes de llegar a San Luis Potosí tenía la certeza de lo que iba a suceder. Desde la primer semana del taller-casting, el Centro de las Artes me apabulló y me dejó con la ferviente satisfacción de trabajar en el lugar idóneo para las características del proyecto. De igual manera, el encuentro con los creadores potosinos, fue inesperadamente desbordado, así como el río Españita en sus días de lluvia.

 

Durante mi estancia en esta ciudad, el tiempo se dilató. Primero en descubrir de qué queríamos hablar y sobre cómo queríamos abordarlo. Habitamos la ciudad de diferentes maneras, desde el cementerio del Saucito, los siete barrios de la ciudad, el cerro de San Pedro, hasta Wirikuta, donde Kauyumari dejó sus pisadas. El equipo compartió desde el recoveco de su infancia y adolescencia, habló desde sus heridas y los recuerdos empolvados. De ahí nació el texto de Venado, desde la amistad de tres amigos que habitan la antesala del desierto, y que su contexto los ahoga, es decir, la barbarie del país.

El modelo de producción que se generó para Venado, permitió que experimentáramos durante un largo periodo dentro del teatro, caso extraño y valioso en los modelos de producción a nivel nacional. El equipo creativo, los actores, los técnicos, el personal del Centro de las Artes, apostó por Venado, que recorrió una primer temporada con una gran afluencia de público joven. El experimento dio a luz a una obra que confirmó que a través de las alianzas entre creadores radicados en diferentes estados de la república, con artistas de San Luis Potosí, son una posibilidad y un modelo de creación lleno de riquezas y de miradas heterogéneas.

 

Pasaron tres meses para hacer la obra y sentí que la vida se me fue en ese lugar, mi alma cambió después de compartir con el viento que bufa en las noches. El tiempo fue otro y en un parpadeo terminó el primer proceso. Desde entonces me obsesiona el tiempo y lo efímero, eso se lo agradezco a Venado, así como la persona desconocida que murió a un costado de la carretera, o como alguna vez una mujer me dijo antes de despedirse de mí.

 

-¿Sabes cuanto tiempo es para siempre?

-No- le respondí.

-A veces sólo es un segundo.

Y sí, ella tenía toda la razón.